Festividades - Arquidiócesis Ortodoxa Griega de Buenos Aires y Sudamérica

9° Domingo de Lucas
9° Domingo de Lucas
La reunión de bienes que sirven a las necesidades de la vida, es una tarea muy prudente y lógica para cualquier persona, particularmente si es un padre de familia,...
...puesto que, de su laboriosidad y previsión depende la vida de los demás miembros de la familia. Nadie ha ensalzado la pereza y la imprevisión. Entonces, ¿por qué el hombre rico de la parábola de hoy es llamado insensato?
En primer lugar porque el horizonte del mundo se limitó para él en los límites de sí mismo. Luego, porque creyó que su bienestar sería interminable. Se trata del caso característico de quien basa su vida en la adquisición de bienes materiales, con desinterés a la conquista del bien. Ignora que los bienes materiales por sí mismo, no son suficientes para darle felicidad, mientras el bien, con las virtudes y los valores que representa, puede darle sentido y contenido a su vida.
Tal como lo pone en evidencia, la parábola de hoy, las personas consideran como bienes aquellas cosas que satisfacen sus necesidades y deseos. Su incesante búsqueda conduce al materialismo, mientras su deificación a la idolatría. Idolatría y materialismo están presentes en todas las épocas de diferentes formas y mutaciones. Contrariamente, en la Iglesia se aprende a desplazar su interés de las cosas materiales a las espirituales y de las cosas corruptibles a las incorruptibles. Sin desatender sus necesidades materiales, el cristiano trabaja y lucha por el bien y por conquistar las virtudes divinas. Y, lo consigue no sólo con la voluntad humana sino con el auxilio divino. ¿Cómo podría preferir las cosas incorruptibles si se apega a las cosas corruptibles? Y ¿cómo podría subir al cielo sin antes santificarse con la gracia del Espíritu Santo?
La búsqueda del bien es innata en el ser humano. Ello se revela en el rechazo que siente hacia el mal. Por otra parte, el bien es siempre bello, mientras el mal es feo.
El bien no es una idea sino una persona. El bien es Dios mismo. Además el bien está ligado con la realidad, está ligado al hombre y a su vida. El bien no se debe buscar sólo fuera del mundo. Si se hallare fuera del mundo le sería inalcanzable e inútil. En consecuencia, el bien se debe hallar en el mundo y dentro del ser humano.
La virtud del ser humano es la realización del bien. La virtud se logra con la comunión personal del ser humano con Dios y con el cumplimiento de su voluntad.
Como virtud entendemos las virtudes naturales que puede tener el ser humano, como criatura de Dios. Así, la prudencia, la valentía, la sensatez y otras muchas virtudes pueden hallarse como características naturales. Pero estas funcionan en su vida tanto positiva como negativamente. Para que funcionen positivamente, se necesita el Espíritu de Dios. Así como la lámpara de aceite, comenta San Simeón el Nuevo Teólogo, permanece a oscuras si no hace contacto con el fuego, así también el alma con sus virtudes naturales, permanece apagada y a oscuras, si no recibe la iluminación del Espíritu Santo.
Según la doctrina cristiana, la virtud corresponde a la situación natural del ser humano, mientras la maldad a su naturaleza degradada. La virtud, con el bien que representa, revela salud, mientras la maldad revela enfermedad. Si el ser humano permanece en la virtud, vive en la vida natural.
La virtud se logra con la gracia de Dios y la colaboración del ser humano. Sin la gracia de Dios, los esfuerzos humanos por la virtud, son vanos. Pero también, sin los esfuerzos del ser humano la gracia de Dios permanece estéril. La vida virtuosa del cristiano es revelación y confirmación de su participación en la gracia de Dios. El amor, la alegría, la paz y todas las virtudes de los fieles son frutos del Espíritu Santo. Pero para que existan las virtudes, deben ser cultivadas con los esfuerzos del ser humano. El creyente debe luchar constantemente para cultivar las virtudes. Con justicia se ha dicho que la virtud es una situación interminable de guerra contra nosotros mismos.
Ciertas virtudes no se deben aislar de su conjunto en la vida en Cristo. Virtudes cristianas no son sólo la humildad, la bondad, la condescendencia, la obediencia, la mansedumbre, o la tolerancia, es también la actitud decisiva, la valentía, la discreción y el control. Todas las virtudes juntas representan eso que llamamos con la palabra: bien.
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