Festividades - Arquidiócesis Ortodoxa Griega de Buenos Aires y Sudamérica

8° Domingo de Lucas
8° Domingo de Lucas
La lectura evangélica de hoy se refiere al amor, el punto más central del cristianismo. Este es o, mejor dicho, debería ser la característica más importante...
...de la vida cristiana, de nuestra vida cotidiana. Es correcto y comprensible, por ejemplo, cuando estás apurado para llegar al trabajo, a tu oficina, a tus asuntos, que te detengas en el camino para socorrer a alguien, corriendo el riesgo de demorar, de ser perjudicado, de ser mal entendido. La organización y el ritmo de la vida, el programa y las diferentes ocupaciones, ahuyentan muchas veces los sentimientos y las obras del amor, haciendo difícil su cumplimiento con el prójimo.
Es característica la respuesta que da Cristo al experto de la Ley de la lectura de hoy. Mientras el jurista pregunta, quién es su prójimo, Cristo contesta preguntándole, quién se convierte en prójimo de su semejante. La modificación de la pregunta conduce a su contestación: Prójimo es todo aquel a quien nos acercamos “haciendo un acto de misericordia” (Lc. 10,37). El respeto al otro se basa en su identidad como obra creada “según la imagen y la semejanza” de Dios. El verdadero valor del prójimo se encuentra en su consideración como imagen de Dios.
Nos ubica en la consideración del otro como prójimo, es la respuesta que dio el abad Pimen a alguien que le preguntó: “Nosotros y nuestros hermanos somos dos imágenes. Quien se observa a sí mismo y se acusa por sus errores, encuentra que su hermano es bueno. Pero quien se considera bueno encuentra que su hermano es malo”.
Cristo vino al mundo como el Mesías, es decir como Ungido, como Salvador y mediador entre Dios y el humano, y realiza Su tarea acercándose al ser humano como Su prójimo. Se presenta como hambriento, sediento, extraño, desnudo, enfermo, encarcelado que necesita ayuda, hospitalidad y apoyo. Del ser humano depende aceptar su llegada. Si le ofrece a Cristo alimento, bebida, refugio, ayuda, Cristo se convierte para él en alimento, bebida, refugio y vida eterna (Mt. 25,42-43). En el rostro del prójimo se revela Cristo mismo. Es por eso que cada ayuda que se brinda al prójimo se convierte en una ofrenda a Cristo. Y cada negativa de ofrenda al prójimo es una negativa de ofrenda a Cristo. La vida verdadera del ser humano se encuentra en la persona de su prójimo.
Todas las proclamas mundiales sobre los derechos humanos, dicen que las personas nacen y permanecen libres y con derechos iguales. A pesar de ello y de todas las buenas intenciones de estas proclamas, las personas que nacen al mundo no tienen objetivamente las mismas posibilidades y oportunidades en la vida. Entre las personas, hay sanos y enfermos, fuertes y débiles, inteligentes y sencillos, diestros y torpes. Unos nacen en países ricos y otros en países pobres. Unos nacen en países civilizados y otros en lugares incivilizados. Unos nacen en países con regimenes liberales y otros en países con regímenes autoritarios. ¿Cómo podemos considerar que todos ellos son libres y con iguales derechos?
Los derechos humanos se garantizan cuando se relacionan con los derechos de Dios. Los derechos de Dios que imponen el cumplimiento de sus mandamientos, conllevan la aplicación de la justicia en la vida cotidiana de las personas.
El Cuerpo de Cristo es el lugar de salvación y de la realización del ser humano. El creyente que vive como miembro del cuerpo de Cristo, participa de la alegría y de la tristeza de su prójimo. Mira los asuntos del otro como sus propios asuntos, y sus logros como los logros de todo el cuerpo. Pero ello requiere la trituración del egoísmo aislante y el levantamiento de la confrontación con el prójimo. Los creyentes se unen en el cuerpo de Cristo como sus miembros indivisibles. La santificación de cada uno adquiere dimensiones ecuménicas porque en su persona se recapitula todo el mundo.
El evangelista Lucas nos recuerda hoy que el mundo se parece a un hospital, donde cada uno es hospitalizado por alguna enfermedad. Cuando el cristiano se preocupa por su curación no condena al otro por su propia enfermedad.
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