ENCICLICA PASTORAL EN LA OCASIÓN DE LA CELEBRACION DE LA NAVIDAD
A TODO EL CLERO Y A TODA LA GREY DE LA SACRA ARQUIDIÓCESIS:
QUE LA GRACIA, LA MISERICORDIA Y EL AMOR DEL CRISTO NACIDO EN BELEN SEAN CON TODOS VOSOTROS.
La solemnidad...
...de la Natividad del Señor nos llena de gozo y alienta nuestra esperanza Dios se ha hecho hombre, de acuerdo a San Atanasio de Alejandría, para que nosotros los hombres podamos participar de la vida divina -- ser dioses por Gracia -- teniendo a Dios por uno de nosotros, oyendo su voz humana y contemplando en su rostro el misterio invisible del Dios Unitrino oculto durante los siglos y ahora revelado de una vez y para siempre.
El Logos Eterno del Padre se hace carne
En la liturgia vespertina, y en virtud de la sacra asincronicidad liturgica, contemplando al Niño nacido en Belén, adoramos el nacimiento del Mesías de Israel y Salvador de los hombres (Lc 2,11). En la humanidad débil del recién nacido, Dios revela su fuerza redentora, al presentarnos a los ojos de la fe el misterio del nacimiento en carne del Hijo de Dios, situado en el tiempo, bajo la paz del emperador Augusto.
Aquel que era el Logos -- la Palabra eterna del Padre que existía en el principio en Dios porque “estaba junto a Dios y era Dios” (Jn 1,1) -- por medio de la cual “fueron hechas todas las cosas y sin ella nada se hizo de cuanto ha sido hecho” (v.3), siendo eterna se hizo temporal para revestir nuestra carne mortal y devolvernos a Dios por el sacrificio de su generosa entrega por nosotros.
Nacimiento y Cruz
Toda la historia del pueblo elegido mira hacia este nacimiento en Belén, porque toda la historia de nuestra salvación está orientada a la llegada del Mesías Redentor. Se cumple en su nacimiento la promesa hecha por Dios después del pecado de nuestros primeros padres. La victoria definitiva sobre el demonio llevará a Jesús a la cruz, pero para esto quiso hacerse carne nuestra y nacer de la Virgen María. Ante los temores de José sobre el embarazo de su esposa, el ángel que se le aparece en sueños, le dice: “Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”(Mt 1,21). La humanidad perdida vuelve a su condición primera. La finalidad de la encarnación de Cristo se identifica con un destino sellado: la resurrección y la gloria.
Nacimiento y liberación
Isaías hablaba de la restauración de Israel, pero sus palabras se referían en propiedad al nacimiento de Cristo: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión «Tu Dios es Rey»” (Is 52,7). Jerusalén será reconstruida y las piedras en ruinas de la ciudad santa serán restauradas y levantada de nuevo la ciudad. Esta ciudad reconstruida -- la Nueva Jerusalén, la Alta Jerusalén – es nuestra humanidad redimida y salvada por el nacimiento de Cristo y por su misterio pascual. Tal es el motivo del gozo de la Navidad: llega el Señor y la humanidad es invitada a salir a su encuentro como en un nuevo éxodo camino de la salvación que nos llega con el nacimiento del Salvador.
El autor de la carta a los Hebreos nos recuerda que somos privilegiados de vivir en esta etapa final de la historia de nuestra redención, porque ahora Dios ha querido hablarnos por medio de su Hijo, quien, “habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de Su Majestad en la alturas” (Hb 1,3). Pablo nos dice que el recién nacido es la manifestación visible del ser de Dios: “reflejo de su gloria, impronta de su ser”(v.3). De esta manera dice que sólo aquel que es verdadero “Dios de Dios” podía rescatarnos del pecado, refiriéndose a Jesucristo como sumo Sacerdote de la Nueva Alianza.
Conocer a Jesús es conocer al Padre y conocer su voluntad. Estas enseñanzas evangélicas sobre el misterio de la Palabra hecha carne son el mensaje central de la Navidad: un mensaje de amor hasta el límite, el amor de Aquel que nació para darnos Su vida a cambio de nuestra muerte, para darnos a Dios, Quien “es Amor” (1 Jn. 4:8) para que seamos amor.
Saludo y exhortación final
Dios, al que “nadie lo ha visto jamás” (Jn 1,18), nos ha sido revelado por su Unigénito Hijo hecho carne. Por él hemos conocido que siempre es Navidad, porque el amor de Dios es siempre actual y siempre se hace presente en la vida de cuantos se dejan amar por él. Jesús nos lo ha descubierto con su nacimiento de la Theotokos, custodiado por la fe, de la cual hemos recibido “gracia tras gracia” (Jn 1,18).
Amadísimos hijos e hijas en el Señor,
Vivamos en la fe el misterio de la presencia de Cristo con su cuerpo, alma y divinidad, inseparable de su humanidad, en el misterio del amor que Él nos ha enseñado; seamos humildes y dóciles como Él, que siendo Dios por naturaleza y residiendo en la gloria eterna del Padre y del Espíritu se despoja – se vacía a sí mismo, ἐαυτὸν ἐκένωσεν (Fil. 2:7) -- para poder asumir la bajeza de nuestra naturaleza. Navidad es el amor – el divino Éros -- encarnado para nuestra liberación, perfección y glorificación; Navidad es perdón y remisión de pecados; Navidad es ser-con-el-otro tal cual como soy, pues Dios habita en mí y en todos, en todos nace: seamos su pesebre, seamos digna morada de Él.
Con estas reflexiones invoco sobre vosotros todos ricas las misericordias, el amor, el perdón y la remisión del Dios encarnado y les deseo paz interior, regocijo del alma, y todo don de lo alto.
CRISTO NACE, GLORIFÍQUENLO!
En la Sede Arquidiocesana, Navidades de 2011.
EL ARCHIPASTOR
Tarasios de Buenos Aires
Primado de Sudamérica Exarca del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla