Mensajes del Arzobispo - Arquidiócesis Ortodoxa Griega de Buenos Aires y Sudamérica

ENCICLICA POR LA SANTA PASCUA 2010
Protocolo No. 1506

† T A R A S I O S
POR LA GRACIA DE DIOS ARZOBISPO METROPOLITANO
DE LA SACRA ARQUIDIÓCESIS DE BUENOS AIRES
PRIMADO Y EXARCA DE SUDAMÉRICA
A TODA LA GREY DE NUESTRA EPARQUÍA:


LA GRACIA, LA MISERICORDIA Y LA PAZ
DE CRISTO RESUCITADO

“Muy oportunamente podemos hoy todos exclamar con el profeta David: ¿Quién contará las obras del poder del Señor? ¿Quién podrá darle toda la alabanza que merece? ¡He aquí que ha llegado la para nosotros deseada y saludable festividad; es a saber, la Resurrección del Señor Jesús, que es motivo de paz y causa de reconciliación; y que ha removido las guerras, acabado con la muerte y derribado al demonio! ¡Hoy los hombres se han mezclado con los ángeles, y los que están vestidos del cuerpo cantan himno a la par de las potestades incorpóreas! ¡Hoy se ha echado por tierra la tiranía del demonio! ¡Hoy se han roto las ataduras de la muerte! ¡Hoy se ha concluido la victoria del infierno!”

Comenzamos nuestra proclamación pascual con las palabras del de la boca de oro, Juán de Constantinopla, quien resume en el proemio de su homilía sobre la santa Pascua la profunda y grandiosa realidad que inaugura este hecho histórico y Teantrópico único y sin precedentes. Jesús, el Cristo, resucita y la realidad antiguamente conocida adquiere otras dimensiones: ahora la creación es efectivamente unida a la redención y mistéricamente a los tiempos postreros, a la parusía y completación total del plan creativo, redentivo, perfectivo y plenificante del Dios Unitrino.

Hoy es el día de la victoria: sobre el pecado original, sobre el fracaso del hombre – nuestro fracaso -- sobre la muerte con todas sus consecuencias, sobre el demonio, sobre el Hades, sobre la antigua ley y sus vetustas estructuras; hoy Cristo, el Ungido, el Hijo del Hombre, el Ángel del Buen Consejo, la Sabiduría de Dios, el Unigénito del Padre por la naturaleza y hermano nuestro por la condescendencia, es glorificado, y con Él todo el genero humano en potencia, mientras la muerte y el demonio son anulados. Y por ello cito al Crisóstomo una vez más:

“¿Ves cómo la muerte con frecuencia se llama sueño y descanso? ¿Y cómo la que antes era temible, ahora se ha hecho despreciable con facilidad? ¿Ves la espléndida victoria de la resurrección? ¡Porque por ella nos vinieron infinitos bienes! Por ella se deshizo la falacia del demonio. Por ella nos reímos de la muerte. Por ella despreciamos la vida presente. Por ella nos inflamamos en el deseo de los bienes futuros. Por ella, aunque estemos vestidos de cuerpo, en nada somos inferiores, si nosotros queremos, a los seres incorpóreos.”

Y repito con Juan de Constantinopla “por la resurrección del Señor nos reímos de la muerte y hasta despreciamos la vida presente” pues se nos ha concedido contemplar las primicias de la vida futura. Hoy es el cenit de la paz, de la alegría, del perdón, de la comprensión, de la ayuda, del consuelo, de la condescendencia, de la misericordia, de la libertad, y por sobre todas las cosas del amor. La resurrección de Jesucristo es la prueba más ferviente del amor de Dios el Padre por su Hijo igualmente sin principio y por su humanidad -- por nosotros -- pues por nosotros lo entregó a las vejaciones y a la muerte. Hoy somos llamados a ser coherederos de aquella gloria que por naturaleza tiene el Unigénito y que nosotros la poseemos por la gracia. Sí, somos sus coherederos, somos ya sus hijos legítimos que sólo nos resta cumplir su mandamiento:

“Ámense los unos a los otros como YO los he amado”

Amados hijas e hijos espirituales en el Señor:

Este es el mandamiento principal del Señor del cual penden la ley y los profetas y estamos llamados a cumplirlo si es que queremos ser fehacientemente coherederos de la gloriosa victoria de nuestro Salvador Teántropo. Pues no existe otra manera de vivir la vida cristiana si no es a través del amor radical y desinteresado: todo lo demás es accesorio y hasta muchas veces obstaculiza nuestro camino a la victoria:

¨¡Que nadie el día de hoy esté triste por su pobreza! ¡se trata de una fiesta espiritual! ¡Que ningún rico se ensoberbezca por sus abundantes riquezas; porque nada puede añadir con sus riquezas a esta festividad! En las fiestas profanas, en donde hay grande pompa y boato y grande abundancia de manjares en las mesas, con razón el pobre se halla en tristeza y tiene que bajar sus ojos de pena, mientras el rico se encuentra entre delicias y goces. Y esto ¿por qué? Porque anda el rico ceñido de espléndidas vestiduras y prepara una mesa mucho más abundante; mientras que al pobre le impide su estrechez el ostentar un lujo parecido. Pero nada que a eso se parezca hay aquí. ¡Lejos está toda esa desigualdad! ¡Una misma es la mesa para el rico y para el pobre, para el siervo y para el libre!¨

Este es legado del triunfo sobre el pecado: justicia, igualdad, equidad, imparcialidad y por consecuencia libertad; y todo ello en virtud del amor. Vencemos al mundo de Satanás con amor; vencemos nuestros fracasos con amor; perdonamos al prójimo por amor; comprendemos las debilidades nuestras y del otro por amor; muchas veces transigimos y somos condescendientes por amor; nos hacemos hombres en cuanto amamos, pues este es el origen y la meta y el criterio de evolución del hombre y su raza, y su paradigma y arquetipo absoluto es Cristo Jesús. Y por ello el nuevo orden en el que impone la divina economía en nuestra dimensión: “por sus frutos seréis conocidos” ; y ese fruto es el amor, por ello el discurso escatológico del Maestro antes de su pasión:

Entonces el Rey dirá a los que estarán a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui huésped, y me recogisteis; desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí. De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de mis hermanos, a mí lo hicisteis.¨

La resurrección es el triunfo de Dios por sobre el odio del demonio: festejemos hoy esa alegría y solamente amemos, amémonos los unos a los otros para así cumplir su mandamiento y ser dignos merecedores de la corona inmarcesible y poder decir, en el tiempo oportuno, conjuntamente con el apóstol:

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.”

Con estas reflexiones invoco sobre todos vosotros, amados hijos espirituales, ricas las misericordias del Salvador resucitado a los tres días de entre los muertos, intercediendo a fin les conceda todos los bienes necesarios para la salvación y la vida eterna, paz, salud, felicidad y gozo del alma, concordia y bienestar.

Desde la Sede de la Arquidiócesis, en Buenos Aires, Santa Pascua de 2010,

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