El Juicio Final Mat.25:31-46
Para este domingo nuestro Señor Jesucristo no enseña acerca del juicio final.
Mis queridos hijos é hijas espirituales, hay una realidad indudable, que el día último vendrá, cuando el Señor venga por segunda vez, ya no como el Mesías, mas como el justo juez de todaslas naciones.
Aunque...
...en este Evangelio se habla del juicio Universal, no debemos olvidar que cada uno de nosotros tendremos lo que se llama, el juicio personal.
Ambos están íntimamente relacionados. Quizás Uds. se preguntarán el porqué, y la respuesta está justamente en las palabras de nuestro Señor Jesucristo. Muy claramente nos resalta lo importantísimo que todo Cristiano debe hacer durante su vida terrenal, no sólo anhelar sino esforzarse en conseguir, cual es, la Fé con obras (Sant.2:14-24).
Quiere decir que la vida del Cristiano es una constante é invariable certeza de ser hijo de Dios y que al final del camino recibirá la gran recompensa, según la promesa de nuestro Señor Jesucristo de acuerdo a su palabra: “Vengan benditos de Mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fué preparado desde el comienzo del mundo” (Mat.25:34).
Y como el Señor también lo dice: “Cielo y tierra pasarán más Mis palabras no pasarán” (Mat.24:35), nos indica que no debemos tener la menor duda que así será, pues Dios, es Dios que jamás se desdice, lo que El promete lo cumple.
Pero aquí viene la interrogante: ¿cómo lograremos ó conseguiremos ser partícipes del Reino de los Cielos? Ya escucharon las santas palabras de nuestro amado Señor Jesucristo, al mostrar en Su Evangelio algunos ejemplos de cómo ir construyendo nuestra felicidad, nuestro futuro y eterno gozo de estar con El en Su bendita gloria. Nos dice: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mat.25:40). ¿Quién en su sano juicio haría un mal a su semejante? creo que nadie. Pero especialmente el Señor nos recalca al decir “el más pequeño de mis hermanos”, sí, al más desvalido, hambriento, sediento, desnudo, sin hogar, preso, y otras calamidades más. Es a este hermano que sufre no solamente las privaciones materiales sino también las espirituales a quien nosotros Cristianos debemos ayudar y acompañar. En la medida de nuestras posibilidades ó con superiores esfuerzos, hagamos todo lo necesario y aún más, por aquél desdichado y sufriente. Estas son las obras que acompañan nuestra fé. Estas son, como dije en anterior homilía, las que se evidenciarán ante el justo juez, Cristo nuestro Señor y Dios, en el momento que acontezca nuestro juicio personal.
En la “sabiduría” del pueblo hay un refrán que dice: “Obras son amores y no buenas razones”, y es ni más ni menos lo que recogió de las enseñanzas del Señor en Su Sagrada Escritura.
Así es, la ecuación: Fé y Obras = Amor. Esta es la clave de nuestra salvación, porque: “Dios amó tanto al mundo que envió a Su Hijo Unico, para que todo el que crea en El no muera sino que tenga vida eterna” (Jn.3:16). Dios se da por puro amor a nosotros, y nosotros a nuestra vez démonos también a El, en nuestro prójimo sufriente, pues es particularmente en él donde está Cristo. Si lo hacemos, estaremos cumpliendo no por obligación sino por amor los dos mandamientos que resumen a los diez: amor a Dios y amor al prójimo. No hay otro camino más seguro que el amor. “Si no tengo amor, nada soy” (1ra.Cor. 13:2).
Así también el Señor nos indica que aquellos que, sabiendo que han recibido este gran amor de Dios, durante su vida terrenal actuaron ó actúan en rebeldía como lo hacen los espíritus del mal, su destino será el mismo de los demonios y para toda la eternidad. Algunos pueden decir que esto es apocalíptico y alarmante (signo del secularismo), bueno si lo dicen así, es porque saben en el fondo de su alma que no están caminando en el sendero para la salvación. Se les mueve su conciencia que es la voz de Dios, pero desgraciadamente tratan de acallarla.
Sin embargo aún hay tiempo, ¡y es ya, ahora!, la oportunidad para todos, los cercanos ó los alejados de Dios, de procurarse ganar un lugar en el Reino de los Cielos, ¿cómo? pues Cristo tiene Su Iglesia aquí en la tierra, siempre con las puertas abiertas para todo aquél que como el hijo pródigo desea retornar al amoroso Padre Celestial. Es aquí, donde recibe la curación, la sanación de sus heridas mortales, la liberación total y el fortalecimiento mediante la Palabra de Dios, su enseñanza y Sus santos Misterios (sacramentos). Si Dios nos da todo, ¿quién podría ser tan necio, como lo fueron las vírgenes de las lámparas agotadas, de desperdiciar esta única oportunidad de salvación y de gran felicidad eterna junto a Dios? Espero que nadie.
Cristo nos invita y nos espera con sus brazos abiertos tal como cuando los abrió para dejarse crucificar por nuestros pecados y transgresiones, así amorosamente nos quiere estrechar en su bendito pecho y sentarnos junto con El en Su gran Banquete, donde estaremos con vestidos más brillantes que el sol y con anillo en el dedo como símbolo de ser hijo de Dios Altísimo.
No es tiempo de inercia ó de dormir, es tiempo de estar en permanente vigilia, pues en ella pende nuestro futuro.
Digamos todos juntos: ¡Maran atha!, ¡Ven Señor Jesús!”.
Amén.